Así es como los cubanos llaman a la ciudad de Key West, en el extremo sur del estado de Florida.
La primera vez que intenté ir desistí una hora y media antes del viaje, a la altura del cayo Marathon.
La segunda vez me hice la promesa de llegar hasta el final.
Para quien no conoce el lugar, es una cadena de islas, no mayores de 200 metros de ancho, con 22 puentes uniéndolas entre sí.
Desde el coche vemos el agua de color azul turquesa, y completamente llenas de piedra sus pequeñas playas.
Se sale de Miami por la carretera federal US1 hacia el sur. A mitad de camino paro, para comer en un "fast food" mientras veo las evoluciones de los pájaros en busca de su alimento.
Un hermoso sol ilumina el cielo sin una sola nube.
Los puentes son extremadamente angostos y protegidos por muros a ambos lados, permitiéndose sólo el pasaje de un coche a la vez, en cada sentido, lo que exige una cierta dosis de atención, para no raspar espejo contra espejo con quien viene en sentido contrario.
Las radios norteamericanas comienzan a perder su potencia de sintonía, siendo sustituídas por radios cubanas: Radio Revolución, Radio 26 de marzo, etc.
Después de casi 5 horas manejando, llego al penúltimo cayo, cuando comenzó a sonar un "bip" muy fuerte en la estación de radio que estaba escuchando.
Muevo el dial y es lo mismo en todas las emisoras. Más tarde me enteré que es una base aérea Americana que monitorea el espacio entre Usa y Cuba y que en los tiempos de la guerra fría enviaban aviones de caza, cada vez que los Mig cubanos se dirigían hacia el norte.
Key West es una típica ciudad volcada hacia el turismo, más cerca de Cuba que de Miami, a 90 kms de distancia de la isla.
Entre sus atracciones cuenta con un museo naval, y la famosa placa que señala el punto continental más austral del territorio norteamericano. Allí, todo el mundo se saca una foto. Está la casa del escritor ERNEST HEMINGWAY, con su escritorio y su máquina de escribir y la famosa piscina que, en lugar de azulejos, está decorada con moneditas de un centésimo de dólar.
Mientras estaba em la isla, vi la llegada de un par de balseros huyendo de Cuba.
Me asombró la precariedad de las balsas, eran solo maderas y llantas atadas. Rápidamente, el área fue aislada por guardiamarinas, que llevaron a los balseros hasta una zona de exclusión para la revisación médica.
Estando aquí recuerdo la narración de mi madre en la que llegaba becada a Miami, justo la noche en que se decretó el embargo a Cuba y el avión tuvo que pasar sobre la isla con las luces apagadas
La vuelta me pareció más rápida, tal vez porque la hice " non stop".
Misión cumplida.
jueves, 26 de abril de 2007
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